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RRSS

 ¿Debería iniciar un proyecto de divulgación para redes sociales en pleno 2026?

Según el relato que nos hemos contado, la sobreexposición a la que sometemos nuestras vidas en redes sociales se agudizó hace poco más de seis años, cuando la pandemia por Covid-19 nos enfrentó a cambios radicales en las maneras en las que comprendíamos la convivencia. Desde entonces hay una resignificación de la convivencia. Hoy día no reparamos demasiado en ello, pero podemos estar en convivencia desde la presencialidad o la virtualidad.

“Quedarnos en casa” nos obligó a imaginarnos maneras de comunicarnos con los otros que fuera del espacio doméstico sabíamos que ahí estaban.

Tengo la necesidad de aclarar que, con esto que escribo y con el rumbo que en lo subsecuente tome el presente relato, no pretendo hacer una caricatura de aquel año terrible que costó vidas y que comprometió la calidad de vida de aquellos que le sobrevivieron; pacientes, deudos, personal médico y personas de todos los rubros que permitieron que personas como yo, tuviéramos la fortuna de estar encerrados reproduciendo experimentos con harina integral para hacer masa madre o aprendiendo rutinas de baile, como los adolescentes de entonces ya lo estaban publicando en una plataforma de origen chino.

Abril 2020 - “masa madre”

Me pregunto si lanzar algo a redes sociales, será una buena manera de invertir el ya de por si, escaso tiempo que tengo; si encontraré voces conversacionales como cuando yo era una lectora asidua de blogs de internet hace ya unos lejanos veinte años (sepan que yo solo leía; pocas veces comentaba). Me pregunto qué similitudes guarda ésta intención con la imagen romántica de lanzar al mar notas encerradas en botellas de vidrio. Y es que la coincidencia no está en decir o lanzar un proyecto más en el atestado mar de basura digital con el que nos toca lidiar, sino en la locura de mi propia soledad, que me invita a imaginar que es posible encontrar con personas, que detrás de su pantalla tengan ganas de compartir quiénes son y porqué aquello que leen, miran o sienten les importa.

Retomando la idea inicial sobre las formas de convivencia , pienso que escribir es una maravillosa manera de hacer presencia; algunos tarados nostálgicos como yo, aún lo creemos. Creo además, que compartir lo escrito es un acto de valentía e invitar al diálogo es la consumación máxima de la intimidad entre quien escribe y quien lee.

A mitad del 2026 la conversación digital descansa en lo ruin de las actividades humanas: las injusticias de orden institucional, el desasosiego generalizado y la exaltación de todas las características vulgares del “éxito”: fama y dinero. Según datos que pueden verificar en “San Gugul” en México existimos cerca de 99 millones de usuarios de RRSS y en promedio cada uno destina cerca de tres horas diarias a permanecer en ellas. Por otro lado, existe una teoría llamada 90-9-1, en la que básicamente se explica que hay más personas consumiendo contenido en internet que generándolo, por lo que la representación de voces diversas está sujeta a lo que piensa, conversa y dispone la minoría que se atreve a publicar. A esto habría de añadir la gran cantidad de contenido generado con IA o las granjas de bots que buscan influir en la información que se dispersa en las plataformas.

Entonces, ésta es “mi nota en la botella de vidrio que me atrevo a lanzar en el inmenso mar”. He naufragado por convicción propia, por mensa y miedosa. El mensaje no es un SOS explícito, y me guardo el derecho a permanecer perdida en mi isla en caso de que sea necesario.

Comerleer es un proyecto de divulgación en redes sociales sobre aquello que me pasa, de lo que me acuerdo o de lo que me gustaría que sucediera. Va de lo que he aprendido tratando de huir de mi ineludible destino. El día en que me atreva a dejar de postergar esto que me gustaría hacer: comer-leer-escribir-conversar-compartir-descubrir-cuidar…

a. en el aula/laboratorip/cubículo

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